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Dionisio y las estrellas

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  Una vez Dionisio hubo llegado al Olimpo, buscó a su padre, Zeus, mas no le encontró. Dionisio recorrió todos los rincones del Olimpo, un lugar etéreo , sublime y delicado. Buscó en cada panteón dedicado a cada dios, pero no había ni rastro de su padre. Preguntó a varios de los dioses que allí se encontraban. Ninguno le hizo caso, ni siquiera le miraron a la cara, hasta que Ícaro, con sus sandalias aladas se acercó a él. —¿Qué buscas aquí, muchacho? —preguntó con cierto retintín. —Necesito hablar con mi padre, Zeus. —Muchos dudan que Zeus sea tu verdadero padre, muchacho. Ahora mismo está atendiendo otros asuntos más importantes que tu cabezonería, muchacho. —He dicho que tengo que hablar con él —contestó Dionisio amenazante. Es cierto que en el Olimpo nadie le tomaba en serio, y tal y como había dicho Ícaro, muchos incluso no creían que fuese hijo del mismísimo Zeus. A Dionisio no le importaba nada de esto, porque conocía la verdad. Con desprecio, Ícaro le señaló un l...

Dionisio y el oro

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Con una fortuna de cantidades inmensurables para Dionisio, Hera se fue del lugar sin crear más desorden. Al comprobar que con el paso de los días, tampoco regresó, Dionisio por fin pudo respirar tranquilo. Por otro lado, no dejaba de pensar que aunque no hubiese causado ningún estrago, Hera tendría algo entre manos.                Semanas más tarde, en un día cualquiera, el sol no lograba desprenderse de las nubes que le acorralaban sin pudor. Este no tuvo otra opción más que someterse, y el cúmulo se situó por encima de los campos de Dionisio, y descargó toda su ira contra ellos. Se formó una tormenta digna del mismísimo Zeus. Dionisio estaba seguro de que él no permitiría que pasara tal cosa, por eso apareció por su mente el dios Tifón, creador de los huracanes y tormentas. Al principio, Dionisio intentó proteger sus viñedos. Por desgracia, cualquier esfuerzo que realizó por impedir su destrucción fue en vano. Los campos cultivados de vid...

Dionisio

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Dionisio, como buen cultivador de vino, cuidaba de sus viñedos como si de sus propios hijos se tratase. Cada vez que una hoja caía de uno de ellos cuando no debía, Dionisio sentía una pequeña punzada de dolor en él. Toda esta devoción que sentía por ellos, hacía que no fuera capaz de probar ni siquiera un dulce trago de dicha exquisitez. Organizaba grandes fiestas con grandes banquetes, donde todos sus invitados podían disfrutar del gran manjar que cultivaba. El delicioso líquido rojizo se deslizaba por los gaznates de cada uno de sus invitados. Dionisio podía incluso sentirlo en sus propias carnes, y aunque él no probara ni una mísera gota, el éxtasis llegaba a alcanzarle. La mayoría de estos encuentros, se realizaban por la noche y se disfrutaban hasta el amanecer. Así, con la sensación de mareo corriendo aún por sus venas y sus cabezas, podían disfrutar de los maravillosos colores que les ofrecía el arrebol con cada amanecer. Los cielos se cubrían de un color rojo, alertando a...

Las tres palabras mágicas

No paraba de dar golpes una y otra vez. El perder en algún juego de su consola le ponía muy nerviosa. Tanto, que había veces que incluso llegaba a golpear los muebles. Aunque a simple vista no pareciese que tuviese mucha fuerza para ser una chica de 15 años, llevaba varios años yendo a clases de boxeo y había aprendido bien cómo golpear sin herirse demasiado. Sabía que en el momento en el que alguna superficie de madera rozase sus nudillos, esta se rompería en mil pedazos. Y así fue. Sin darse cuenta, golpeó con fuerza una de las puertas de su casa y se resquebrajó formando un agujero. Lo peor estaba por llegar porque cuando su madre se diese cuenta del destrozo que había hecho, nadie podría pararla. Astrid estuvo casi toda la tarde intentando arreglar el estropicio en la puerta y no consiguió gran cosa. Hizo todo lo que estuvo en su mano, sin embargo, Karah se dio cuenta al instante. Esta vez, en vez de regañarla, entró directamente en su cuarto sin mediar palabra. Astrid se quedó t...

Un nuevo mundo

Esta es la segunda parte de un relato. Si quieres leer la primera parte aquí la tienes  Las apariencias engañan Sigo surcando las aguas del gran mar durante dos días sin descanso. El agotamiento empieza a notarse en mi cuerpo y cuando creo que ya no puedo aguantar más, veo unas gaviotas volar delante de mí y eso sólo puede significar que hay tierra cerca. Doy un último empujón y continúo unos kilómetros más hasta que efectivamente, veo una especie de isla y por lo que parece es bastante grande.  Por fin toco tierra con mis garras y lo primero que hago es descansar, ha sido un viaje realmente duro pero ha merecido la pena porque nunca nadie ha logrado llegar hasta aquí. Permanezco inmóvil durante varias horas, hasta que vuelvo a sentir todas las escamas de mi cuerpo y entonces, decido ponerme en marcha y explorar un poco estas tierras. Todo tiene un color extraño, para nada parecido al de nuestras tierras, además el aire es como más denso y hay una niebla muy espesa que n...

La plaza de San Marcos

Estaba sentada en la plaza de San Marcos, cuando al alzar la vista le vi. Pude ver esos ojos marrones, cristalinos y penetrantes que me hicieron tan feliz, pero a la vez desgraciada. Ya hemos pasado a otra vida. No conozco su nombre, su edad, sus pasatiempos favoritos ni dónde vive pero lo que sí sé es que en algún momento volveremos a hablar.  Entonces, me miraste fijamente. Creía que me habías reconocido e iba levantar la mano para saludarte. Entonces, continuaste tu camino. Yo ya había perdido toda esperanza pero repentinamente, te giraste y te dirigiste hacia mí.  —Oye, perdona que te interrumpa, pero tengo la sensación de que nos conocemos de antes, ¿me equivoco?— Dijiste con tu tenue voz tal y como la recordaba.  Claro que me conoces, cada vida que pasamos nos volvemos a juntar. Estamos destinados a hacerlo, no podemos escapar. Vida tras vida nos prometemos amor eterno, hasta que la profecía se vuelve en nuestra contra. Entonces tú te das cuenta de que ...